A veces, cuando los padres acompañan a sus hijos a terapia, se sorprenden cuando les decimos que hemos jugado al escondite. “¿No debería estar haciendo actividades más específicas?”, piensan. Pero precisamente ahí está la magia: el escondite es mucho más que un simple juego infantil. Detrás de esas risas, carreras y escondrijos, se esconden aprendizajes profundos que ayudan a los niños a crecer, regularse y relacionarse mejor con el mundo.
El escondite es un clásico universal. Lo encontramos en diferentes culturas y épocas, y casi todos recordamos haberlo jugado en nuestra infancia. Pero más allá de la nostalgia, este juego sigue siendo una herramienta valiosa para el desarrollo infantil.

Desde los primeros meses, los niños disfrutan con el “cu-cú tras”, que no solo provoca carcajadas, sino que también les enseña algo fundamental: la permanencia del objeto. Comprender que algo sigue existiendo aunque no lo vean es el inicio de muchas habilidades cognitivas posteriores.
A medida que crecen, el escondite se convierte en un laboratorio de pensamiento: imaginar el mejor lugar para ocultarse, resolver problemas cuando no encuentran a alguien, o adaptarse cuando un plan falla. Incluso aprenden a calcular volúmenes y espacios, probando si caben en determinados rincones.
Cuando un niño juega al escondite, no solo se divierte: también pone en marcha sus funciones ejecutivas. Recuerda las reglas, organiza mentalmente dónde ha buscado, controla sus impulsos para no moverse ni reírse y adapta su estrategia según lo que ocurre. Todo esto fortalece su memoria de trabajo, flexibilidad mental y autocontrol, habilidades clave para la vida diaria y el aprendizaje escolar.
Además, el escondite tiene un gran valor emocional. La emoción de ser encontrado dispara la serotonina, la hormona de la felicidad. El juego también ayuda a practicar la separación y el reencuentro, una forma segura de entrenarse para momentos de la vida en que papá o mamá no están cerca. Incluso el miedo y la incertidumbre que surgen durante la espera se convierten en una oportunidad para ejercitar el coraje y la resiliencia.
No podemos olvidar la parte física: el escondite hace que los niños corran, se agachen, trepen y calculen espacios. Es un juego que mejora su coordinación, equilibrio y agilidad, al mismo tiempo que les permite descargar energía y moverse de forma saludable, dentro o fuera de casa.
El escondite no es solo cosa de niños. Es un juego que nos conecta con la infancia, con la risa compartida y con el placer de estar juntos. La próxima vez que tu hij@ juegue al escondite — en casa, en el parque o en terapia— recuerda que está ejercitando su mente, su cuerpo y sus emociones.
Y aquí viene mi invitación: vuelve a jugar con ellos. Redescubre la emoción de esconderte detrás de una puerta, contener la risa para no ser descubierto o correr hasta la base segura. Porque cuando juegas al escondite con tu hij@ no solo estás jugando: estás creando recuerdos, fortaleciendo vínculos y regalando un pedacito de infancia compartida.
Listos o no… ¡a jugar!

