ACOMPAÑAMIENTO EMOCIONAL
¿Qué esconden las pataletas y enfados?

Como sabemos, las emociones son una forma de expresión humana. Estas pueden transmitir alegría y felicidad, pero también pueden surgir como forma de respuesta ante una carencia o una necesidad no cubierta. Aunque actualmente hay más conciencia de la importancia de la disciplina positiva y el acompañamiento emocional, y los padres cada vez se implican más en la educación emocional de sus hijos/as, a veces, parece que los/as niños/as y los/as adultos/as vivimos en mundos diferentes y nos cuesta entender y aceptar sus enfados. En muchas ocasiones, sus reacciones nos parecen desproporcionadas ante el hecho que las ha causado, por ello ponemos más atención a sus reacciones que al mensaje que conllevan. De hecho, es muy común pedirle a un/a niño/a que no se enfade o que no tenga pataletas, pero no nos preocupamos tanto por indagar sobre el motivo real de esa reacción.

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Cuando trabajamos las emociones con los/as niños/as podemos hacerlo a través de imágenes que representan las emociones básicas. Les pedimos que clasifiquen las imágenes en buenas o malas. Por lo general, suelen identificar la alegría, el amor y la sorpresa como buenas, y otras como el enfado, la tristeza y la vergüenza como malas. Sin embargo, su opinión cambia cuando entienden que algunas emociones como el miedo o la rabia son necesarias y tan válidas como el amor y la alegría e, incluso, pueden ayudarnos ante las amenazas que nos rodean. La película “Inside out” refleja muy bien lo útiles que son todas ellas.

MUNDO ADULTO VS MUNDO DE LOS/AS NIÑOS/AS

En este artículo se proponen algunos consejos para ayudar a los/as niños/as en su desarrollo desde el acompañamiento emocional, no obstante, es necesario que antes hagamos una reflexión sobre la manera en la que procedemos los adultos a través de algunos ejemplos.

Imaginemos a dos niños de seis y ochos años. Están jugando en su casa con los camiones, el padre se va a hacer un recado y les pide que le acompañen. El mayor no duda y se dispone a ponerse las zapatillas y la chaqueta, el más pequeño responde con indiferencia a la insistencia del padre en que le acompañen ambos. A los cinco minutos de haberse marchado, el pequeño, se pone llorar. Arrepentido por no haber ido, lanza el camión y empieza a gritar preguntando por qué se han marchado sin él. La madre le regaña por haber lanzado el camión, le reprocha su actitud y le dice que no tiene derecho a estar enfadado, que lo que debe hacer es conformarse, puesto que ha sido su decisión y que si quería ir se lo tenía que haber pensado antes. La reacción de la madre nos puede parecer lógica ¿verdad?

Veamos otro ejemplo: Carla es una profesora de 38 años que debe elegir destino definitivo después de aprobar unas difíciles oposiciones. Entre todas las opciones elige “el IES A” como definitivo. Al día siguiente, y una vez cerrados las plazos, queda con una amiga para tomar café. Carla llega de mal humor y apenas habla. Lanza el azucarillo al suelo y se pone a llorar. Su amiga le pregunta por el motivo de su disgusto y Carla le explica que está cabreada porque debería haber elegido “el IES B” como destino definitivo. Inmediatamente, su amiga le regaña por haber lanzado el azucarillo, le reprocha su actitud y le dice que no tiene derecho a estar enfadada, que lo que debe hacer es conformarse y que se lo tenía que haber pensado antes.

Si nos paramos a pensar, esta situación es exactamente la misma que la anterior. En cambio, en el último caso ya no nos parece tan lógica. Si os pregunto por vuestra opinión acerca de la respuesta que ha tenido su amiga, seguramente pensaréis que tendría que haberse mostrado más comprensiva y tratar de reconfortarla, puesto que todos tenemos derecho a equivocarnos.

Esta obviedad, suele resultarnos más difícil de ver ante las reacciones de los/as niños/as. Esto sucede por muchas razones, una de ellas es que tendemos a minimizar los motivos de los enfados de los/as niños/as.

No podemos pretender que los motivos de enfado de un niño de 6 años sean los mismos que los de una persona de 38. La rigidez propia de los adultos nos impide ver en perspectiva y ponernos en su lugar, por lo que tendemos a reaccionar de forma más estricta cuando el motivo del enfado nos parece desproporcionado, lo que hace que no sea tenido en cuenta.

¿CÓMO PODEMOS INDAGAR EN EL MOTIVO Y ENCONTRAR UNA SOLUCIÓN?

Por supuesto, esto no significa que se deba justificar una conducta inaceptable, pero entender sus emociones puede favorecer nuestra disposición para ayudarles a que las gestionen de una manera más saludable. Para ello, es necesario que los padres tengan en cuenta algunos aspectos como:

1. Aceptar el temperamento del/a niño/a:

En primer lugar, hay que tener en cuenta que cada niño/a tiene un temperamento, unas características y cualidades particulares que definen su personalidad. Esto tiene un gran componente genético y forma parte su estructura cerebral. Conocer y aceptar el temperamento de un/a niño/a puede ayudarnos a entender algunas de sus reacciones.

2. Respetar la etapa evolutiva del/a niño/a:

A todos nos parece “normal” que un/a niño/a de dos años esté pataleando en el suelo de un supermercado porque quiere algo que sus padres no le compran. Pero, ¿actuaríamos con la misma naturalidad si esta escena la representara un/a niño/a de diez años? Rotundamente no, porque las rabietas a los dos años forman parte del desarrollo evolutivo del/a niño/a, pero no es así a los diez, por eso es importante tener en cuenta la edad cronológica del/a niño/a y conocer la etapa evolutiva en la que se encuentra para discriminar si una reacción es o no adaptativa.

3. Partir de conductas concretas:

Es más difícil resolver conflictos presentados como generalidades que si están presentadas de forma concreta, si especificamos exactamente qué conducta queremos abordar.

Por poneros un ejemplo, será más eficaz decirle a un/a niño/a “tu hermano ha entrado en tu habitación cuando estabas estudiando y le has pegado” que decirle “tratas mal a tu hermano”.

4. Desarrollar una escucha activa:

Cuando los/as niños/as se enfadan siempre tienen un motivo, una necesidad que genera tensión. Para indagar cuál es esa necesidad debemos entrenar la escucha activa, que consiste en escuchar con atención, sin juzgar y con respeto, utilizando un tono adecuado, ni ofensivo ni agresivo. De esta manera podremos iniciar un diálogo para entender su punto de vista sobre lo sucedido. Y, teniendo en cuenta la edad del/a niño/a y su capacidad de razonamiento, deberemos interpretar aquello que nos digan.

5. Razonar con los/as niños/as:

Razonar significa explicar dónde están nuestros límites, expresar los motivos por los que no permitimos ciertas conductas, de una manera tranquila y no autoritaria. Para ello, es importante actuar con firmeza, pero con tranquilidad, evitando largos y pesados sermones. Es importante que los/as niños/as entiendan las razones por las que no les permitimos ciertas acciones.

Imaginemos a una niña a quien no le gusta correr con el patinete cuando va por la calle. No es lo mismo decirle: “¡No te alejes de mi lado!” que: “Sé que te gusta correr cuando vamos por la calle paseando, pero cuando te alejas demasiado y te pierdo de vista me preocupo por si te ha pasado algo y para mí es importante que estés seguro”.

6. Buscar soluciones:

A medida que el/la niño/a madura y sus habilidades mejoran, podemos implicarles en el proceso de búsqueda de soluciones. Ante una situación conflictiva debemos incentivar a los/as niños/as a buscar soluciones que les puedan ayudar a salir del conflicto. De esta manera practicarán la reflexión y se sentirán más útiles y motivados para aceptar las soluciones que ellos/as mismos/as han propuesto.

Remitiéndonos al ejemplo anterior podemos decirle a nuestro/a hijo/a: Vamos a pensar qué podemos hacer para que tú te diviertas y yo me sienta tranquila cuando vamos por la calle.

Algo muy importante a tener en cuenta es que, cuando se buscan soluciones, las partes implicadas deben estar totalmente de acuerdo con el plan que se va a establecer para que se pueda llevar a cabo. Imaginemos esta situación:

Dos hermanas de seis y ocho años encienden la televisión para ver dibujos, como suele suceder, a cada una l,e gusta un programa y al no ponerse de acuerdo terminan peleándose. Al oírles el padre acude y escucha las versiones de ambas. Para solucionar esta situación cada una propone una idea. La mayor sugiere que las dos hagan un dibujo y que el que sea más bonito, elija el programa. Es obvio por qué se descarta esa idea de inmediato. La pequeña propone echarlo a suertes, pero la mayor se niega porque piensa que tiene mala suerte y siempre pierde. Como objetivamente parece la solución más razonable, intentan convencerla de que acepte, con lo que acaba cediendo, refunfuñando. Echan una moneda al aire y gana la pequeño. La mayor sale de la habitación gritando y mostrando su desacuerdo.

Analizando el proceso está claro que la solución no la han decidido entre las dos, sino que, ha habido una coacción por parte del padre y de la hermana menor, por lo que es comprensible que se sienta frustrada e impotente y que reaccione de esa manera. De ahí la importancia de que ambas partes estén de acuerdo en la búsqueda de soluciones.

Sin caer en la visión reduccionista de pensar que estas herramientas de disciplina positiva son eficaces siempre y en todos los conflictos, en la mayoría de las ocasiones pueden ayudar, no sólo a construir una relación de amor y respeto con nuestros/as hijos/as sino también a solucionar problemas juntos a lo largo de los años y a crear un clima de confianza.

Rosa Pérez Grau-ceivalencia

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