¿Cómo influye el contexto en la conducta de un niño o niña?

A veces pienso que ninguno de nosotros está loco del todo y que ninguno está cuerdo del todo hasta que la gente se decide a situarnos en uno o el otro lado. Es como si no contara lo que uno hace, sino lo que la mayoría opina de lo que hace.

William Faulkner

En numerosas ocasiones, al inicio de una intervención, es necesario conocer los contextos más importantes del niño: la familia y el colegio.

Está claro que la primera información que recibimos respecto al niño o la niña es de los padres (a veces sólo de uno de ellos por circunstancias personales), y esta información, en su buen hacer, tiene que ver con lo que piensan respecto a las actitudes, conductas y formas de hablar de su hijo o hija. Es una información crucial por varios motivos, el primero porque es el contexto en el que vive el niño y donde va construyendo su identidad y segundo porque es de donde va a aprender las primeras formas de comportarse y donde va a interiorizar cómo interpretar el mundo que lo rodea.

Por otro lado, tenemos un segundo contexto del que recibimos información crucial sobre el niño o la niña: la escuela. En este lugar se darán los primeros pasos en el mundo, más allá de la familia y donde también aprenderá otras formas de comportarse y otras formas de conocer el mundo.

Lo que hay que tener en cuenta de estas dos fuentes de información es que todos hablan y opinan de lo que hace y dice el niño. Interpretan qué significado o qué intención pueden tener ciertas actuaciones, cuando todo marcha como el contexto piensa que debe ir, no hay problema. Incluso podríamos decir que, gracias a esa forma de ver y de hablar del niño o la niña, se le garantiza una estabilidad y un estado de confort que le ayuda al desarrollo adecuado para su madurez. Hasta aquí se puede considerar normal la situación; pero ahora vienen los posibles inconvenientes del asunto: cuando las cosas no marchan como deberían ir.

Todos hemos escuchado o dicho en alguna ocasión frases como estás: “es igual de cuadriculado que su padre”, “es igual de nerviosa que su madre”, “hace lo mismo que el abuelo”, “no hay manera de que estudie sino es obligándolo”, “tenemos que estar encima para que haga las cosas”, “entre los dos (hermanos) se llevan fatal, él/ella es él/la que más intención tiene”, “siempre acaba llorando cuando se le aprieta un poquito”, “le cuesta un poquito por eso tengo que estudiar con él/ella”, etc. Todas estas frases se hacen desde una posición y una perspectiva determinada. Esta forma de hablar y de ver a los niños los sitúa en una lugar de “rareza”, es decir, que aquello que hagan fuera de lo considerado “normal” será una cosa a corregir o que se ha desviado y no es apropiado. No se cuestiona en ningún momento a qué se debe, por qué se da, o si la propia persona que juzga tiene algo que ver con ello. Son frases que, a la larga, van ubicando al niño o la niña en un lugar indeseado.

Vemos que es crucial el lugar que nos dan a nivel social por ser de una etnia, o de una condición social determinada, o por tener una edad, o un género determinado. Dejamos de lado, sin apenas darnos cuenta, la individualidad que tiene la persona, en el caso del niño o la niña, para dejar clara su diferencia más allá de lo que los padres, colegios y sociedad tengan que decir al respecto sin estereotipos. Hay que tener cuidado en cómo se habla y en qué lugar se coloca al niño, y sobre todo, cómo se actúa ante él para no dejar ideas o prejuicios nuestros que no tienen nada que ver con el niño.

Para reflejar lo que estoy comentando pondré como ejemplo una situación que ocurrió con una conducta “rara”. Un niño de 7 años, diagnosticado de TEA (Trastorno del Espectro Autista), tenía la costumbre, desde hacía un par de semanas (antes no existía ningún problema), de abrir el dispensador de jabón de casa y verterlo en una de sus manos dejando la pila del baño hecho un desastre. Luego no intentaba solucionar el estropicio que había hecho. Cuando los padres llegaban al baño y veían el panorama se enfadaban con él – como es normal -. La primera reacción por parte de los padres fue preocuparse y luego realizar una “intervención” intensiva para que memorizase, con historias sociales, que el dosificador no tenía que desenroscarse y que tenía que apretar la boquilla para que saliese el jabón. Incluso lo trasladaron a la escuela para que se fijasen si allí se producía el mismo fenómeno. Los intentos fallaron y el niño seguía con su conducta. En ese momento se empezó a plantear si tenía un problema de comprensión, de atención, o si era una conducta para hacer una fechoría. Cuando se le pidió a los padres que siguiesen los pasos del niño y que estuviesen con él en el momento de tener que ponerse jabón, descubrieron que se habían precipitado: cuando el niño intentó ponerse jabón abrió directamente el dosificador, el padre cogió el bote lo volvió a tapar y le dijo “Mira se hace así – apretando la boquilla-”. Para su sorpresa se dio cuenta de que estaba roto. El niño había encontrado una solución alternativa para seguir limpiándose las manos independientemente de que el dosificador estuviese roto. El problema no estaba en la conducta del niño sino en el propio dosificador, viéndolo ahora el niño tuvo una idea diferente a tener que presionar para lavarse las manos.

En este ejemplo vemos que lo que influye desde el principio para la interpretación de la conducta del niño se reducía exclusivamente a su diagnóstico, dejando de lado muchas otras variables posibles. Los diferentes contextos habían presupuesto que sólo se debía a los déficits, o las posibles dificultades del neurodesarrollo. Por eso es necesario que el niño o la niña se exprese dentro de sus posibilidades, sean mayores o menores, y observar, con cuidado, antes de dar por sentada una conclusión.

Psicólogo

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