El verano es una época que todos esperamos con ilusión: vacaciones, tiempo en familia, actividades al aire libre y relajación. Para los niños y niñas con Trastorno del Espectro Autista (TEA), esta estación también puede traer un importante desafío: la interrupción de rutinas y la aparición de crisis o incluso “regresiones” en habilidades ya adquiridas.
Desde la terapia ocupacional entendemos que estos comportamientos no son retrocesos, sino respuestas adaptativas del sistema nervioso ante un entorno que cambia y exige nuevas estrategias.

Durante el año escolar, los niños con TEA suelen tener una rutina bastante estructurada. Saben cuándo se despiertan, qué actividades tienen, qué adultos les acompañan y qué normas hay en cada uno de los contextos del día a día. Esta estructura diaria actúa como un ancla que les ayuda a predecir el entorno y a sentirse seguros.
El verano, sin embargo, altera ese equilibrio:
Si el entorno se vuelve impredecible o sensorialmente abrumador, es probable que aparezcan rabietas, crisis de ansiedad, comportamientos repetitivos o regresión en habilidades como el lenguaje, el control de esfínteres o la alimentación, entre otros.
Una regresión es la pérdida temporal o disminución de una habilidad que ya había sido adquirida. Puede ir desde volver a necesitar ayuda para vestirse a rechazar alimentos que ante comía o a disminuir el lenguaje o que aparezcan una mayor desregulación antes estímulos que ya era capaz de modular.
Es fundamental que las familias entiendan que esto no significa que el niño “ha retrocedido”. Lo que está ocurriendo es que su sistema nervioso está intentando protegerse ante un entorno que percibe como inestable. Con calma, apoyo y el acompañamiento adecuado, la mayoría de estas habilidades se recuperan y, muchas veces, se fortalecen.
No todo cambio en verano es negativo. Para algunos niños, la ausencia de presión escolar puede disminuir el estrés acumulado durante el curso: menos estímulos sociales exigentes, menos prisas, menos desplazamientos y más presencia de espacios para buscar actividades reguladoras. Esta bajada de intensidad puede generar un estado de mayor calma y apertura, ideal para:
La clave está en establecer una nueva rutina flexible pero constante, con tiempos previsibles y actividades que den sentido al día. A veces, el descanso de la estructura escolar permite al niño/a integrar lo aprendido de una forma más profunda y autónoma.
Utiliza calendarios visuales, horarios ilustrados o pictogramas. Anticipa cambios con tiempo y permite al niño/a participar en la planificación.
Si ha dejado de usar el orinal o ha perdido parte del lenguaje, enfócate primero en regular y contener, no en reenseñar. La recuperación vendrá cuando el entorno vuelva a ser seguro y predecible.
Las crisis también afectan al adulto. Buscar apoyo, compartir las emociones con profesionales o redes de otras familias es clave para evitar el desgaste.
El verano puede desorganizar, sí, pero también es una oportunidad para respirar, descansar y nutrirse de lo aprendido. Las crisis o regresiones no deben vivirse como fracasos, sino como mensajes del cuerpo que necesita ser escuchados y atendido.
Desde la terapia ocupacional, podemos acompañar este proceso, no solo con estrategias concretas, sino también con una mirada respetuosa que ponga en el centro la regulación, la autonomía y el vínculo.
Recordémoslo: el verano no siempre será perfecto, pero sí puede ser un espacio de crecimiento y conexión si logramos bajar el ritmo y escuchar lo que cada niño/a necesita para sentirse seguro.

