Que un niño/a reciba el alta, finalizando su proceso de terapia, significa que tiene las herramientas necesarias para afrontar los retos que le surjan en las áreas más significativas de su vida.
Es la conclusión de meses o años de trabajo, donde los objetivos, ya sean los iniciales o aquellos que han ido surgiendo con la consecución de los primeros, han sido alcanzados, no encontrando la familia nuevos retos relevantes en la participación de su hijo/a en el día a día.
Así, el tiempo de intervención se relaciona intrínsecamente con las necesidades de la familia, sus objetivos, y con los retos a los que se enfrenta el/la niño/a en su día a día y las habilidades que posee para enfrentarse a ellos, en definitiva, con sus fortalezas y desafíos.
Nunca hay dos procesos iguales, porque no hay dos niños/as con las mismas necesidades y circunstancias de vida, por ello no hay una única intervención donde poder poner fecha de inicio y final; los objetivos, fortalezas y retos que afronta cada familia serán la clave.

En el CEI València el proceso de intervención siempre se inicia desde el diálogo con la familia, para conocer sus preocupaciones, las del niño o niña y su situación actual; el paso de pruebas estandarizadas, que nos ayuda a recabar un poco más de información, suele ser el siguiente paso, aunque este es un proceso flexible que se adapta a la edad y capacidades de cada niño/a.
Cuando se inicia la terapia, y trás establecer una buena relación terapeuta-niño/a, una relación terapéutica donde el niño o la niña se sienta seguro, la familia debe marcar los objetivos a trabajar, tanto en sesión como en casa; esto se realiza en una reunión con la ayuda de la terapeuta que trabaja con el niño/a. Estos objetivos son la base del proceso, donde se traslada a positivo las dificultades que aparecen en el día a día y se formulan de forma que sean medibles, funcionales y significativos, consiguiendo una forma de calibrar la evolución de cada intervención.
Los objetivos son variables, pueden aparecer nuevas necesidades debido a cambios en el entorno, aumento de las demandas, nuevos procesos de aprendizaje… Mientras existan preocupaciones, momentos en los que la familia observe dificultades en el día a día, vamos a seguir teniendo una razón para intervenir.
Después de todo esto podemos ver que dar fechas estimadas para la duración de una intervención o terapia es extremadamente difícil, porque cada niño/a y familia realizan su propio proceso, partiendo de un lugar para querer llegar a otro.
Por ello el alta no llega al final de año, cuando llega el verano o después de un número preestablecido de sesiones, el alta llega cuando la familia ya no sabe que objetivos marcar porque no surgen preocupaciones relevantes; cuando el/la niño/a y su entorno han adquirido las habilidades y apoyos necesarios para seguir adelante sin el asesoramiento directo de su terapeuta.
El momento de dar el alta es cuando el niño o la niña puede disfrutar de sus actividades del día a día sin que supongan un estrés o desafío tan grande, que sea incapaz de aprender de ellos.

