Juego, emoción y afecto: componentes de una terapia efectiva.

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Con frecuencia, en el mundo de los profesionales y estudiosos del desarrollo infantil, se ha llegado a establecer dos polos alternativos, ejes del desarrollo madurativo en la infancia; el primero serían los afectos, y el segundo el aprendizaje cognitivo. No en el sentido de contrapuestos, sino de reconocer la primacía de uno sobre otro.

La experiencia acumulada tras años de práctica en el CEI nos induce a pensar en una fusión de ambos, de manera que son partes inseparables de un solo proceso. Es decir, la maduración es un proceso único y al mismo tiempo complejo, que consiste en el desarrollo global de la personalidad, en sus diferentes aspectos, que el tiempo irá deslindando, pero que en su etapa inicial es un aprendizaje indistinto, dado que el sujeto (niño/a) no percibe diferencias.

Aprendemos en la infancia jugando, tanto en el terreno sentimental como el intelectivo, y en ambos casos la emoción es parte importante del proceso ya que aparece ligada a los intereses del niño/a y condiciona la eficacia del aprendizaje. Así, podemos observar cómo se crean vínculos afectivos con objetos, aunque más allá del mejor juguete posible, siempre está el juego con los padres.

De lo dicho, es fácil concluir la importancia del vínculo afectivo con educadores, maestros, terapeutas etc., cuándo del aprendizaje de nuestros menores se trata. Sin esa vinculación, la respuesta siempre será, por lo menos, mínima, el interés escaso, y el aprendizaje de cualquier tipo, deficiente.

Durante la intervención clínica observamos cómo no es posible que el niño/a establezca un vínculo firme con su terapeuta sino percibe asentimiento por parte de sus padres. De ahí la importancia que en el CEI damos a la participación de la familia en el proceso terapéutico. Si no hay interés parental se compromete todo el proceso.

En resumen, podríamos decir que, para que la terapia surja efecto es imprescindible que el triángulo niño/a – padres – terapeuta sea una figura dinámica en la que la comunicación, el afecto y el apoyo fluyan en todas direcciones. Solamente así lograremos potenciar al máximo las capacidades innatas del/a niño/a y conseguir su máxima funcionalidad, es decir, la mayor capacidad para desenvolverse por sí mismo en el entorno socio-familiar. 

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