LAS RABIETAS
Atención: Cerebro en obras. Circular con precaución.

rabietas

Como seguro habéis podido observar, el/la recién nacido/a humano/a nada tiene que ver con el/la recién nacido/a de otras especies. Una cría de ciervo, por ejemplo, es capaz de ponerse de pie al poco tiempo de nacer y seguir los pasos de su mamá. Sin duda, el/la bebé humano/a es el mamífero que más protección necesita y aquél que más evolución y complejidad requiere para alcanzar todo su potencial. Una vez tenemos claro esto, y la importancia de saber cómo funciona este neurodesarrollo, podemos intentar adentrarnos en el fascinante mundo de la conducta infantil. Y es que tener conocimientos básicos sobre cómo funciona el cerebro de nuestros/as hijos/as nos va a ser tremendamente útil para entender mejor su alcance.

En alguna ocasión seguro que yendo tranquilamente por el supermercado habéis visto a un/a niño/a en el suelo pataleando y gritando a pleno pulmón, o a la salida del parque suplicando que se le dejara quedarse un rato más, mientras los padres observaban la escena atónitos y sin saber que hacer mientras recibían algunas miradas cómplices y otras de “hay que ver cómo te toma el pelo”. Todo aquel que tenga niños/as en algún momento de su vida se habrá tenido que enfrentar a una rabieta, esas explosiones intensas de enfado que tienen los/as niños/as ante una situación que les resulta adversa.

Las rabietas son absolutamente normales, forman parte del proceso madurativo y suelen aparecer a partir del año, teniendo su máxima expresión entre los 2 y los 4 o 5 años. A partir de este momento, el nivel de comprensión del mundo, gestión emocional y expresión verbal va mejorando, por lo que no son tan frecuentes (aunque no quiere decir que no puedan aparecer).

¿Por qué nuestro/a adorable bebé de repente se convierte en un ser con tal autodeterminación? Tendremos que buscar las respuestas en nuestro cerebro. Vamos a hacer un ejercicio, vamos a observar el cerebro:

  1. Si abrimos la palma de la mano por completo podremos observar la zona más descubierta. Esta sería el tallo cerebral, la zona más primitiva de nuestro cerebro, encargada de regular las funciones vitales, como el sueño o la respiración.

  2. Ahora vamos a colocar el dedo pulgar sobre la misma. Esto representaría el cerebro medio, algo más desarrollado que el anterior, encargado de procesar la memoria y las emociones (pero sin ningún tipo de filtro todavía).

  3. Ahora bajemos los cuatro dedos restantes y cerraremos el puño por completo aparecerá la corteza cerebral, la más compleja y desarrollada. Aquí encontramos la corteza prefrontal (encargada de regular las emociones, la conciencia de uno mismo o la flexibilidad mental). La corteza prefrontal es la parte más compleja y no termina de desarrollarse hasta los 25 años aproximadamente.

Por tanto, no podemos exigir habilidades como el autocontrol, la flexibilidad, la regulación de las emociones a un niño de dos años. Por eso ante un cerebro en su máxima expresión emocional necesitamos aún más mantener la calma, y tener presente que el/la adulto somos nosotros/as y vamos a estar ahí para ayudar a nuestro/a pequeño/a cuyo cerebro todavía está en proceso de construcción.

Resulta muy adecuado olvidarse de las miradas y comentarios ajenos, porque no, no nos están manipulando ni poniendo a prueba, sino que estamos ante un cerebro puramente emocional. ¿Recuerdan los cuatro dedos que cubrían nuestro puño? pues en este momento están totalmente levantado y estamos ante un cerebro que solo es capaz de “sentir”.

¿Qué podemos hacer pues cuando ya se ha producido la “explosión”?.

  1. Como decíamos antes, ante todo, calma, mucha calma.

  2. Acompañar y validar el sentimiento del niño, bajando a su nivel.

  3. Ofrecer contacto físico si lo requiere.

  4. Evitar reprochar su conducta u ofrecer sermones, intentar acompañar en silencio si es necesario.

  5. Nunca emplear el chantaje emocional (“mira que fea estás cuando lloras”, “eres muy tonto”, “si te pones así no te querré”, etc.).

¿Y después? Una vez pase esta fase podemos dar opciones para gestionar las emociones, ayudar a entender qué nos ha pasado (sin juzgar) u otro tipo de herramientas acordes a su edad (como el rincón de la calma, por ejemplo).

Una frase que escuchamos casi a diario es “sí claro, pero luego no sabes cómo cuesta tener paciencia”. Y es cierto, resulta un ejercicio de crecimiento personal inmenso. Hace un tiempo, en un curso sobre crianza respetuosa escuché una frase muy clarificadora, y es que “cuando creas que estás a punto de perder la paciencia es que ya has llegado tarde”. Y es que la propia gestión de las emociones y autocuidado resulta crucial en esta vorágine que es la crianza, por tanto, hay que tener siempre presente que para cuidar bien hay que estar bien.

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